Érase una vez en el castillo del desierto del rey Ausgusto, distintas razas de animales propias de aquel lugar, como serpientes, buitres, camellos…, convivían allí. Sin embargo, un nublado y frío día, una curiosa y extraña rana apareció por los alrededores del castillo. Amadeo, el hijo de Augusto, que casualmente estaba dando un paseo en dromedario, se cruzó con ella y, ante la rareza de la situación, ya que no suelen habitar animales como este en esta clase de lugares, perplejo, decidió llevársela y enseñarsela a su padre.
Augusto, extrañado, decide llamar a todos los hechiceros de la ciudad para averiguar la procedencia de la rana, así como su futuro y las posibles consecuencias que puede sufrir el reino por este animal ya que el rey tenía un mal augurio sobre ella. Días más tarde, después de que todos los hechiceros del reino fracasaran en su intento de sacar algún tipo de información acerca de ella, decidió acudir a los brujos de los reinos colindantes, pero estos obtuvieron el mismo resultado que los anteriores. Ante tal extraña situación, Augusto presentía que algo raro ocurría con ese animal ya que era muy inusual que nadie consiguiera saber más acerca de él. Por ello, a escondidas de Amadeo, quién había cogido mucho cariño a la rana estos días, decidió deshacerse de ella enterrándola en uno de los oasis cercanos al palacio.
A la semana, era tal la tristeza de Amadeo que fue a buscar a su querida mascota, fue uno a uno por todos los oasis del reino buscándola hasta que en uno de ellos escuchó el croar de una rana, entusiasmado comenzó a cavar un hoyo para encontrarla, triste y desolado tras no haberlo conseguido, decidió darse un baño en el lago de aquel oasis. Fue en ese instante, cuando se encontró a su querida rana chapoteando en los nenúfares de los alrededores:
-”¡Qué bien, aquí estás! ¿cómo has conseguido salir del agujero tú solita?”- le preguntó a la rana.
-”Verás… no soy lo que parezco”- dijo la rana.
Sorprendido Amadeo de que la rana supiera hablar, se la llevó de vuelta a casa y conversó durante horas con ella. No obstante, Augusto no podía enterarse de que aquella rana había vuelto, por lo que decidieron contarse mutuamente cuentos e historias todas las noches hasta que el rey se durmiera, para mantenerse despiertos y alerta. Mil y una noches después, comenzó a nevar por primera vez en siglos en aquel desierto, el príncipe y su mascota miraban por la ventana los copos de nieve que caían desde el cielo. Uno de estos copos se posó sobre el cristal de dicha ventana y tras un haz de luz, el copo fue transformándose en una preciosa princesa. Esta le dió las gracias a Amadeo por haber cuidado de su príncipe, le dio un beso a la rana y esta se transformó también en un esbelto y alto hombre, tras esto, la princesa le dejó una rosa recién cortada del reino de donde procedían como agradecimiento por todo lo que había hecho por él. Finalmente, la princesa y su príncipe fueron desapareciendo poco a poco en la nieve que rodeaba al castillo.
Referencias usadas para el relato:
H.C, Andersen. (1844). La reina de las nieves.
Giambattista, B.(1634). Sol, Luna y Talía. Pentamerón.
El-Gahshigar, Abu Abd-Allah Muhammed.(Siglo IX) . Las Mil y Una Noches.
(Siglo IX) . San Jorge y el Dragón.
Grimm, J, and W. El Príncipe Rana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario